#LORDPEDOTE

 

Llega un punto en la vida de todo adolescente en que toca adentrarse en un mundo más adulto. Todo es diferente y, aunque parece inofensivo, no se dejen engañar, resulta que es todo lo contrario. Eso pasa con el alcohol, el cigarro y, si ya de plano eres un tarado, puedes llegar hasta las drogas. Pero por ahora me centraré en mi más reciente experiencia que fue con alcohol, sustancia que te genera un malestar en serio tremendo y espantoso, al grado de rezar por una muerta rápida y piadosa, supongo que así se siente cuando te envenenas.

Yo experimenté sus efectos hace no mucho, el 15 de septiembre para ser exactos, justo en la fiesta que mi mamá organiza cada año. Parecía una buena idea, como todas las que se me ocurren y terminan en tragedia, pero créanme que fue horrible y no pienso repetirlo nunca más.

Todo empezó, como ya dije, con una de mis grandiosas ideas. Era tan buena que obvio fue secundada por varios de mis amigos ahí presentes. Cedimos a la tentación de saber cómo era eso que ya muchos otros nos platicaban era padrísimo. Desaparecí dos botellas de la barra y nos alejamos lo más posible de nuestros padres para evitar ser descubiertos. Cuando brindamos todos juntos nos sentíamos tan bien que seguimos con el juego. ¡Estúpida curiosidad!

Mientras pasaba la noche seguíamos tomando y nos volvíamos cada vez más chistosos y tontos. Luego pensamos que sería una buena idea salirnos a la calle a caminar ya que es seguro, vivo en un fraccionamiento cerrado. De ahí nos metimos en una casa en construcción para ver en que resultaba. Tratamos de subir unas escaleras que eran muy pequeñas, pero se nos complicó bastante (esa debió ser la primera señal para dejar de tomar). Todos poníamos música para ambientar y pasarla mejor, hasta que vi a uno de mis mejores amigos prácticamente bailar un perreo con lo que parecía un poste (esa debió ser la segunda señal para parar). Mientras explorábamos la casa ya era un relajo, o nos asustábamos con todo o, de plano, todo nos daba risa. Después de un rato salimos de la casa porque unos amigos gritaron que había un señor afuera y pues varios de nosotros, básicamente yo, supusimos era un guardia o peor, un ente de otra dimensión que llegaba para matarnos (tercera señal).

Continuamos caminando a lo largo de la noche y varios vieron que yo andaba peor que los demás, así que les pareció simpático darme más de aquella sustancia asesina. Así llegué al punto de empezar a no saber de mí. No recuerdo bien como pasaban las cosas. Todo era muy raro.

Al cabo de un rato nos encontramos a un vecino mío, otro adolescente, el cual nos metió a otra fiesta de otra vecina y nos pareció una increíble idea para pasar el rato. Al entrar vimos que ya no había tanta gente y, por tanto, ya pronto se acabaría pero aun así estaba divertida (para mi todo era divertido en ese momento). Ahí estábamos junto con otros amigos que me encontré y, de pronto, mis amigos originales me sacaron prácticamente a la fuerza. Los de la segunda fiesta creyeron que me querían hacer algo malo y salieron a defenderme. Y entre que se arreglaba el malentendido, uno de mis amigos primeros se ofendió y empezó una pelea, le dieron una buena catorriza. Claro, yo ya eso no lo vi, dos de mis amigos me llevaban casi cargando a mi casa. Todo esto me lo cuentan porque yo, en serio no me acuerdo de nada excepto que estaba pasándola requetebien.

Tengo como flashazos, me recuerdo volténdome por dentro, es decir vomitando. Escupí el corazón, los pulmones y creo que las rodillas también. Mi madre parada junto a mi poniéndome una regañiza. El escusado y yo nos volvimos uno, se convirtió en mi nuevo mejor amigo esa noche. Y luego morí para resucitar hasta el día siguiente. Pero no lo hice muy bien, era como un zombie. Sufrí bastante y no solo por la vergüenza, sino por el malestar que me duró todo el día. Mi cuerpo no me respondía. Estaba envenenado. Mi mamá siguió con el regaño. ¡Fue horrible!

Aprendí que tomar es la peor decisión del mundo y decidí dejar eso para siempre. Entendí hace mal. Así que porfa ya dejen de llamarme #Lordpedote.

 

Crónicas de un adolescente

por Raoul Le Chevallier Jiménez

Tengo 14 años, soy estudiante más por obligación que por...