#METOO: NI NOS VEN,
NI NOS OYEN, NI NOS HABLAN

“No son las malas hierbas las que ahogan la buena semilla,
sino la negligencia del campesino”. Confucio

Difícil compartir vivencias personales en aras de contribuir a la discusión y solución sobre las diferentes violencias que padecemos por el solo hecho de ser mujeres, pero creo es un deber y obligación hacerlo, esperando que con ello, algunos hombres tomen consciencia de la peligrosa situación que enfrentamos muchas, la mayoría creo, y de la responsabilidad que todos debemos asumir ante ello.

Estoy clara que el tema de violencia tiene básicamente que ver con un asunto de poder. Quien ejerce algún tipo de violencia contra otro ser vivo lo hace, en primer lugar, porque quiere (denota algún tipo de patología, trastorno mental y de la personalidad, o bien alguna desviación psicológica o conductual que tienen que ver con su contexto de vida, educación o, incluso, abuso de alcohol y drogas); y en segundo, porque puede (aquí depende del nivel de impunidad existente en su entorno social y el grado de indefensión de la víctima).

Es obvio que, independientemente de la violencia ejercida por el crimen organizado o común, de la que hoy hablamos es la que se ejerce contra quienes no pueden defenderse (bebes, niños, adolescentes, mujeres, ancianos, enfermos, animales)  y, en el caso específico de las mujeres derivada de creencias equivocadas sobre su inferioridad con respecto a los hombres, del cumplimiento de roles específicos y de su papel como posesión u objeto.

He sido testigo desde muy niña de lo que es convivir con maltratadores que abusan de su posición y de la indefensión de niños para ejercer su poder, descargar sus frustraciones y hacerlo con la impunidad que dotan las paredes del hogar que, lejos de ser un refugio, se convierten en cárceles y centros de tortura. Esos mismos maltratadores eran monstruosos dentro de esas paredes pero ante la sociedad eran ciudadanos modelo incapaces de replicar sus conductas en el exterior con gente que podía defenderse o denunciarlos. Este escenario, lamentablemente, es mucho más recurrente de lo que uno pensaría y en todos los estratos sociales.

En mi vida estudiantil no puedo negar que me tocó sortear maestros acosadores, eran los menos pero existían. Los había quienes eran increíblemente obscenos con la sola mirada, otros se atrevían a más e iniciaban conversaciones poco apropiadas, e incluso algunos llegaban a insinuar mejorar tus calificaciones si cedías a ciertas reuniones privadas.

Pero lo bueno se puso después, cuando salí a la jungla laboral. Ahí los acosadores ya no eran los menos, y no creo que hubiese sido por el mundo de la política en la que decidí incursionar, estoy segura que esto se daba y se da en todos los ámbitos profesionales. Ahí, las insinuaciones pasaron a invitaciones directas, las conversaciones eran bastante subidas de tono y las reuniones siempre tenían que ver con consumo de alcohol, el cual tuve que aprender a tomar de forma espectacularmente profesional de manera que fueran ellos lo que acabaran borrachos y no yo. Secretarios de Finanzas, Gobernadores, Senadores, Diputados se disputaban el título al más patán. Pero lo peor no era lo que ellos hacían, sino el hecho de que sus groseras invitaciones las llegaban a hacer en público y para nadie fuera extraño, incluso yo misma, con el tiempo, también empecé a asumir como normales esas conductas y me sentía orgullosa por salir triunfante de ellas. Confome fui creciendo y avanzando en ese mundo, las cosas se pusieron más lindas. Entendí que la forma más fácil de descalificarnos era poniendo nombres a supuestos compañeros de cama, generalmente los jefes. Y así fue como me acostaron, en rumores de pasillo y hasta en prensa, con cuantos hombres poderosos se les ocurrió, aún cuando muchos de ellos tenían fama de gustar de su mismo género. Creo que llegué a prestigiar a uno que otro.

En el plano personal, a la par que el acoso laboral era ya algo cotidiano y rutinario, tuve la desgracia de involucrarme con un hombre poderoso, económica y políticamente hablando, que me propuso tantas veces matrimonio como veces me maltrató. Al inicio la violencia era psicológica pero al final de la relación fue física también. Tuve suerte, solo trató de ahorcarme una vez y aquí estoy para contarlo. A mi, que provenía de una familia de mujeres fuertes y valientes que hacían sentir sus pasos y su voz, y con las que para ese entonces vivía: mi abuela y sus hermanas. Eso me paralizó. No podía contar que no estaba a su altura. Y ahí entró un hombre -si señoras los hay también comprometidos con esta causa-, que me sacó de esa relación tóxica y le mandó una investigación que a los meses lo llevó a la cárcel. No era mi amigo, era compañero de campaña, el Coronel Limón del Estado Mayor Presidencial y Jefe de Seguridad de nuestro jefe, Francisco Labastida. En uno de los eventos vio que tenía moretes en el cuello (no sé cómo, procuré cubrirlos bien, eso hacemos las mujeres, nos da vergüenza algo que debiera darle veguenza a ellos), rudamente me preguntó quien me había hecho eso, me regañó y me sacó lo datos. Fue suficiente para sentirme fuerte otra vez y dejar atrás a esa persona y todo lo que tuviese que ver con ese tipo de relaciones.

¿Qué cómo llegué a permitir tanto? Aún hoy día no lo sé bien. De inicio, estoy cierta que normalizar estas conductas son parte del problema, minimizamos acciones que debieran ser sancionadas socialmente y, en algunos casos, penadas con cárcel. El silencio es cómplice de quien maltrata. Las víctimas en la mayoría de los casos han sido acalladas por miedo o dependencia. Pero quienes somos testigos debemos hablar y denunciar.

Me siento esperanzada por la respuesta de las mujeres estos últimos días. Y me enoja profundamente la apatía de quienes nos gobiernan y están al frente de la nación. Secretarias de Estado, alcaldesas, diputadas y senadoras poniéndose en el papel de activistas cuando son gobierno y es responsabilidad suya mejorar el marco normativo para castigar estos crímenes; cuando es su responsabilidad garantizar la seguridad de todas y todos. La impunidad es el caldo de cultivo perfecto para que el maltrato, abuso y asesinato de mujeres en nuestro país siga creciendo sin control. Y bueno, que decir de nuestro presidente experto en escapismo. Nada de lo que sucede es responsabilidad suya, todo es y seguirá siendo culpa de los conservadores, los neoliberales. ¿Para qué tanta necedad de ser presidente? La historia le juzgará como el más negligente y criminal (igual por negligencia) de México.

Mujeres, no detengamos este movimiento hoy. Es claro que nuestra clase política sigue ajena a nuestros reclamos y peticiones. Que se siga escuchando nuestra voz y nuestro silencio tantas veces sea necesario.

Mascarada

por Marcela Jiménez Avendaño

Directora General de la Revista La Llave de Pandora. Licenciada...