EL DESDÉN DEL PAPA FRANCISCO A MÉXICO

Aunque le encantaría (al Papa Francisco) nuevamente visitarnos, ya había venido al menos una vez, y había otros países que todavía no había visitado.”

Conferencia del Episcopado Mexicano

El pueblo mexicano tiene profundas raíces religiosas y, en particular, tiene una fuerte tradición católica que lo ha distinguido por décadas y que, inclusive, lo llevó a un movimiento armado en los años 20 del siglo pasado conocido como la “guerra cristera”, que respondía a la intolerancia religiosa del gobierno de Plutarco Elías Calles y que suprimía algunos privilegios de la jerarquía eclesiástica.

De acuerdo con nuestra Constitución Política, el Estado Mexicano es laico; sin embargo y a pesar de los conflictos derivados desde las Leyes de Reforma del siglo XIX, ha existido una relación cercana y llevadera entre la clase política mexicana y las élites del poder católico.

Ahora bien, el acercamiento entre el Vaticano y México data del año 1974, cuando el presidente mexicano Luis Echeverría Álvarez visitó a Juan Pablo II. Para 1979, en visita pastoral, que no visita de Estado, el Sumo Pontífice estuvo por primera vez en México con una reacción espectacular de la feligresía católica que lo aclamó y siguió multitudinariamente por todas partes; se inició una relación muy estrecha entre Juan Pablo II y el pueblo de México pues, aunque había sectores sin apego al catolicismo, reconocían el carisma espiritual y el liderazgo religioso del Papa de origen polaco.

En aquel entonces y estando en la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, Juan Pablo II afirmó: “… De mi Patria se suele decir: Polonia Semper fidelis. Yo quiero poder decir también: ¡México Semper fidelis! ¡México siempre fiel! De hecho, la historia religiosa de esta Nación es una historia de fidelidad; fidelidad a las semillas de fe sembradas por los primeros misioneros; fidelidad a una religiosidad sencilla pero arraigada, sincera hasta el sacrificio”. (JPII 26-I-1979).

Desde ese momento, la identidad con el Papa fue extraordinaria; se iniciaba un “romance espiritual” que se sintetizó en la frase – porra popular-: “Juan Pablo hermano, ya eres mexicano”. Todo México amaba y admiraba al Papa.

En total fueron 5 visitas las que realizó Juan Pablo II a México; en 1979, 1990, 1993, 1999 y 2002. Era notorio el regocijo del Sumo Pontífice cuando estaba en México y la masiva respuesta popular era digna de un estudio sociológico; tan sólo ver pasar a Juan Pablo II en el “papa–móvil” era casi garantía para los fieles de merecer la vida eterna.

Justo en ese contexto, el gobierno de Carlos Salinas de Gortari capitalizó el fervor popular para reestablecer las relaciones político–diplomáticas con el Estado Vaticano; para ello impulsó la reforma del artículo 130 constitucional que permitió el reconocimiento de la personalidad jurídica de la iglesia y la aprobación de la “Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público” en el año 1992.

En síntesis, el pueblo mexicano se sentía “el consentido” de Juan Pablo II y mostraba su fidelidad religiosa. A la muerte del Papa el 2 de abril de 2005, la tristeza se apoderó de los mexicanos, pero tácitamente se consideraba que fuera quien fuera el nuevo Papa, seguiría su predilección por México. Esto no ocurrió con Benedicto XVI y mucho menos con Francisco; a pesar de ser el “primer Papa latinoamericano” de la historia.

A la llegada de Jorge Mario Bergoglio (Papa Francisco) al poder Vaticano en 2013, se recrudece una etapa de fuertes cuestionamientos a la Iglesia Católica y a su jerarquía eclesiástica, por los abusos cometidos a lo largo de la historia y sobre todo por los reiterados casos de pederastia de los clérigos y el encubrimiento cómplice de los jerarcas.

En 2016 el Papa Francisco visitó México, pero no hubo química entre los mexicanos y “su santidad”. Hubo interés y religiosidad, pero no hubo empatía. “… Estuve hablando con algunos obispos mexicanos y la ‘cosa es de terror’, le escribió el papa Francisco a un diputado argentino; (México es) un lugar que tiene su ‘pedacito de guerra’” (BBC Mundo 2016). 

La prensa internacional identificó esa falta de cercanía, “… (México es) el segundo país con más católicos del mundo después de Brasil está acostumbrado a las visitas papales (cinco de Juan Pablo II y una de Benedicto XVI), pero la de Francisco se presenta menos dulce que las previas” (BBC Mundo 2016).

Por último, dos acontecimientos cercanos que pone de manifiesto el desdén del Papa Francisco a México:

  • El rechazo de la invitación hecha por la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), para visitar México en el 2021, con motivo del jubileo de los 500 años de evangelización.
  • El rechazo a la petición del Presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, para que el Vaticano y España pidan perdón por los agravios y violaciones a los derechos humanos de los pueblos originarios durante la conquista.

En ambos casos se pueden buscar justificaciones; sin embargo, y en mi percepción existe un condicionamiento ideológico y muy personal del Papa Francisco, pues se advierte un aire de supremacía muy propia de algunos sectores sudamericanos que se sienten europeos que, por accidente geográfico, nacieron en el cono sur del continente americano, pero que están más identificados con otras culturas y otros sectores de la alcurnia internacional, que con América Latina.

Bien valdrá la pena recordarle al Papa Francisco, que México representa un bastión importantísimo para el catolicismo mundial y que, si se quiere recuperar la labor de evangelización internacional y limpiar la imagen de la jerarquía eclesiástica, nuestro país y, sobre todo su pueblo, puede ser un aliado clave del Vaticano en momentos que se caracterizan por una marcada crisis de credibilidad de la Iglesia Católica.  

Fuentes Consultadas:

 

Torre de Babel

por Gerardo Martínez Vara

Cuenta con estudios de Licenciatura, Maestría y Doctorado en Relaciones...